La visita del Papa, de tanto amor y tanta igualdad que predica, ha conseguido crear una ruptura flipante entre varios sectores de la sociedad que antes, sin estar necesariamente unidos, por lo menos se limitaban a ignorarse.
Personalmente diré que tanto las molestias propias de este tipo de eventos (transporte público saturado de gente que, desde luego, no pagaba a 1'5€ el billete sencillo, amenazas e intentos de agresión, tráfico cortado, violencia policial... aunque esto último ya sabemos alguno que es inherente al CNP) como el mero hecho de que el gobierno de mi país destine fondos públicos a una organización religiosa que funciona como una empresa privada, me ha tenido de los nervios toda la semana. Pero posiblemente lo que más me ha molestado ha sido la gente que, queriendo ponerse la medalla del Mérito al Más Tolerante de la Villa, ha salido en defensa de estos pobres angelitos como si lo más normal del mundo fuese ponerse a mear en la fuente de la Plaza de España, tocar la guitarra borracho a las cuatro de la mañana o ir pegando berridos en un vagón de Metro completamente saturado como si fueses el dueño del cotarro. Y aquí me meto en harina: amén de que los papaflautas intentaron agredirme en mi propio barrio, a escasos doscientos metros de la puerta de mi casa, he tenido que soportar que gente que lleva media vida presumiendo de ideales progresistas-revolucionarios me llamen fascista porque claro, en el fondo, me quejaba por nada. Es muy normal que tal y como está el patio se destine un pastizábal a que estos catolicitos se peguen una semana de juerga por Madrid generando beneficio a unos pocos comerciantes del centro o que se abran los colegios públicos por la patilla para que puedan alojarse. Amén de ser muy normal que un ciudadano normal y corriente no pueda acceder a la plaza de la Puerta del Sol bajo amenaza policial o que para defender a esta gente haya que tratarnos al resto como a ciudadanos de segunda clase (que, en el fondo, siempre lo fuimos, porque el trasfondo del asunto no ha sido religioso, ha sido clasista). Todo muy normal, sí. Es verdad, soy un fascista. Ya va siendo hora de que salga del armario... Total, me llaman fascista los del PSOE porque no les voto, me llaman fascista -los mismos que venían conmigo a, por ejemplo, conciertos de Barricada o Reincidentes- porque he sido 'poco tolerante' con los peregrinos (demasiado he sido que el día que me quisieron linchar solo tiré de mano y no de navaja...) y me llaman fascista cuando me quejo de las agresiones policiales indiscriminadas. Así que sí, a lo mejor tenéis razón y soy un fascista. O a lo mejor resulta que, teniendo en cuenta que la política es redonda, en vuestro afán de ser siempre los más a la contra de todo no os habéis parado a pensar qué estáis defendiendo realmente. El sistema educativo se va a la mierda, pero está muy bien darle una millonada a la Iglesia en lugar de invertirlo en... no sé, ¿crear puestos de trabajo estables? La CAM ha retirado varias plazas de profesores en colegios públicos este año por la crisis, pero de eso parece ser que sólo nos damos cuenta los fascistas. Debemos ser los únicos que nos paramos a pensar en la de cosas interesantes que se podían haber hecho en este país con todo ese dinero. Pero siempre están los intelectuales de sofá, café, copa y puro para recordarnos que estamos equivocados. Que ellos son la vanguardia de la cultura y deciden qué está bien y qué está mal. Qué es tolerancia y qué es radicalismo. Qué es bien y qué es mal. Lo deciden ellos, aunque esté radicalmente en contra de aquéllo que en su día defendieron. Porque supongo que es la ley natural de algunos humanos... Estar siempre en contra incluso cuando hay que estar a favor. Esa es la vanguardia. La firme doctrina de Sánchez Dragó y tantos otros.
Ahí están ellos, que podrían haber sido anarcopunks que nazipunks. Les habría dado igual. Solo importaba la vanguardia del pensamiento sociopolítico. Y ahí están ahora. Poniéndole ojitos golosones a la derecha neoliberal más reaccionaria por si algún día toca un trozo de pastel.
Algunos optan por tener amigos hasta en el infierno y otros hemos optado por asumir que iremos al infierno pero con la cabeza alta.
Quién os ha visto y quién os ve... Que os vaya bonito. No os veré el domingo en misa, no me esperéis.
Más tarde o más temprano, verano tras verano, a este humilde ratón le toca dejarse caer por tierras gaditanas y recorrer las alcantarillas de ese rincón de la península ibérica al que no me importaría que fuesen a parar mis tristes huesecillos cuando se acaben mis días en esta tierra.
Este verano no fue una excepción.
Chiclana fue el destino. El Palmar fue el objetivo. Los chiringuitos de playa fueron el salvavidas. Nadar hasta la boya, emborracharse de Cruzcampo y hartarse de cazón y de puntillitas fueron consecuencias inevitables. Yo sin Cádiz no sabría vivir, es así de sencillo.
Mañana toca poner rumbo a la otra punta de eso que llamáis 'piel de toro'. Tierra de conejos, país de madrigueras*, esta cosa que llamáis España. Finisterre espera para asomarse al rincón del fin del mundo y fumarse un peta allí sabiendo que el mundo, de momento, no se acaba.
No iremos despacio, iremos muy lejos.
Hay noticias que a uno le gustaría no tener que leer nunca. Hoy nos ha dejado Roberto Mira Pérez, también conocido como Robe el de los Porretas, víctima de un cáncer de colon, y a uno le queda la impresión de haberse quedado un poco huérfano.
Porretas es de esos grupos que me llevan acompañando toda la vida. De esos que te niegas a perderles de vista del todo.
Con su último disco, 20 y serenos, bajo el brazo, Robe ha decidido despedirse de este mundo y largarse a otro barrio un poco más lejos de Hortaleza. A ese barrio donde van los buenos rokeros, los que nunca mueren. Nos ha dejado un poco solos a todos, pero muchas de sus canciones son y serán siempre inmortales y, yo al menos, las llevaré tatudas de por vida.
Tuve además la suerte de conocerle personalmente y de charlar con él un par de veces y no se me ocurriría decir nada malo de él. Ha sido un palazo, la verdad.
Descansa en paz Rober... No sé dónde estás, pero ten por seguro que te vamos a echar mucho de menos.
Bronca con el banco, que me ha llamado ya tres veces para decirme que tengo un descubierto de 300 pavos y que a ver si lo pago. ¿Solución? Colgar el teléfono y largarme a comprar mi billete a Cádiz. Ya llegará mi nómina y ya se lo cobrarán, que tampoco me preocupa demasiado el asunto, vaya.
Correr hacia adelante, como siempre, no vaya a ser que por quedarme quieto en el camino aparezca un francotirador y me vuele la tapa de los sesos. Correr hacia adelante y en zig zag. Así nunca podrán acertarme, nunca podrán matarme y seré yo quien muera cuando tropiece y me abra la cabeza contra una roca.
Lo que pasa es que luego me monto en tu coche y veo la rata de peluche que llevas en el salpicadero y me dan ganas de frenar y quedarme parado en el sitio un rato, un tiempo. Aunque sólo sea por ver cómo eran las cosas cuando no corría tanto. Pero menos mal que eres tú, precisamente tú, quien no me deja parar. Y entonces sigo corriendo por cojones.
Dentro de cinco días, a esta misma hora, estaré sentado en la playa bebiéndome una cerveza y comiendo cazón. Dentro de once estaré sentado en algún bar de Galiza bebiendo ribeiro y comiendo pulpo.
Y así sigue pasando la vida... ¡¡Corre!! ¡¡Que se acaba!!
Dos músicos, un técnico de sonido y un periodista se meten en Madrid en una furgoneta y arrancan el motor. Primer destino: Oporto. Después de eso, quince días en furgoneta recorriendo las costas del norte peninsular sin rumbo fijo.
Este año me quedo sin viajes transpeninsulares porque el dinero es finito (en mi caso concreto MUY finito) pero este, tan sencillo, lo afronto con una ilusión de la hostia.
Y aún así, volver al Oktoberfest por segundo año consecutivo tampoco está descartado aún del todo.
No creo que pueda hacer nada mejor con mi tiempo que viajar por ahí.