Claro que duele. Es jodidamente infernal, un dolor que se transforma en físico porque sigo durmiendo en el sofá todas las noches, porque dormir en nuestra cama sin ti es imposible. No descanso, y me tiro horas muertas dando vueltas, mirando al techo, pensando en cuando todo eran risas -incluso recordando el ataque de la cucaracha voladora y las toses de aquel vecino que sigue respirando igual de mal todas las noches- y bromas y domir peleando por quién abrazaba a quién en invierno o cada uno en un lado de la cama en verano, pero siempre tocándonos la piel, aunque fuese con los pies para no darnos calor.
Claro que duele. Llevo ya tres días sin ingerir nada sólido porque se me cerró el estómago después de la última bronca y todavía me pongo triste cuando veo las judías verdes en la nevera. Porque, ya ves tú qué gilipollez, las judías verdes con patatas me recuerdan mucho a ti y encima anoche soñé con tu pastel de carne. Y me acordé de cuando nos cuidábamos y cocinábamos el uno para el otro viniésemos o no cansados de currar. ¿Pero cómo no va a doler todo esto?
Claro que duele, joder.
Pero he decidido vivir a lo John McClane, y seguir caminando aunque lleve los pies llenos de cristales, me hayan dado dos palizas y un tiro en un hombro. Porque no me puedo parar, no me puedo quedar estancado aquí. Necesito dar pasos y ver qué pasa, probar a sobrevivir, aprender a no depender. Y siento que te duela y que no lo comprendas, es normal, claro que duele. Aunque odie hacerte daño y aunque lo haga de manera inconsciente. Necesito avanzar, no puedo quedarme mirando al tren como las vacas en el campo.
Necesito saber que sin ti también puedo, recuperar muchas cosas, abrir muchas puertas, ventilar muchos malos momentos (que también los hubo), superar muchos miedos y muchas inseguridades, dejar atrás lo débil que me volví y sentirme fuerte de nuevo. Sin descanso, sin flaquear, a lo John McClane.
Necesito reconstruirme y voy por mal camino. Porque te sigo echando de menos. Porque todo esto duele horrores.
Claro que duele, joder.
sábado, 4 de julio de 2015
domingo, 28 de junio de 2015
Los pimientos.
Han pasado muchas cosas desde la última vez que me puse a escribir por aquí. La mayoría de ellas feas y desagradables, lo suficiente al menos como para no querer hablar del asunto tan a la ligera.
Ni siquiera sé si voy a terminar esta entrada y mucho menos si la publicaré.
Volví a escribir. Volví a escribir a mano, con papel y boli (demostrándome una vez más que estoy involucionando y que me costó más aprender a escribir que empezar a olvidarlo) por recomendación de B. y lo cierto es que me sentó bien, me sentí liberado y cambió mi punto de vista respecto a un montón de montones de mierda que me iban poniendo la zancadilla desde fuera del camino. Es cuestión de... coger aire, supongo.
Hay algo raro. Me siento extraño escribiendo, como si ya no fuese conmigo. Y no me gusta absolutamente nada de lo que llevo.
Están pasando cosas buenas en Madrid. Cosas que yo considero buenas y a lo mejor no lo son. Parece que ha empezado un cambio. No es un cambio grande, no flipemos tampoco, pero huele bien. Acabará mal, porque todo el mundo es corrompible, pero creo que hay que disfrutarlo mientras dure.
Esto no va a ninguna parte.
El Atleti bien, gracias. Que alguien me recuerde que recupere LQPDF. Me gustaba aquello. Más que esto. ¿Qué carajo es esto?
El otro día encontré una copia de seguridad de aquello que se llamó 'Al fondo a la derecha'. Donde vomitaba antes, vaya. Estuve tentado de resucitarlo todo y volver a aquel cálido lugar, pero la verdad es que con el calor prefiero la alcantarilla.
Aquí abajo todos flotan.
Tengo unos pimientos fritos en la cocina que me están pidiendo a gritos que me haga un bocadillo de lomo. He cambiado la cerveza por unos zumos. También estoy bebiendo gazpacho. Y no he fumado en todo el día. No, no me siento más feliz ni más completo. No entiendo muy bien de qué va nada y siento que he perdido el rumbo y que voy dando bandazos. Todo lo que había, se desmoronó. Y cuando te quitan tu pilar más importante, te tambaleas. Pero saldré, vaya que si saldré.
Un atlético nunca se rinde.
Han pasado muchas cosas desde la última vez que me puse a escribir por aquí. La mayoría de ellas feas y desagradables. Pero ¿sabéis qué? Hoy también ha salido el sol. Y espero que mañana ocurra lo mismo. Voy a empezar por apañarme con eso y luego ya veremos.
Ni siquiera sé si voy a terminar esta entrada y mucho menos si la publicaré.
Volví a escribir. Volví a escribir a mano, con papel y boli (demostrándome una vez más que estoy involucionando y que me costó más aprender a escribir que empezar a olvidarlo) por recomendación de B. y lo cierto es que me sentó bien, me sentí liberado y cambió mi punto de vista respecto a un montón de montones de mierda que me iban poniendo la zancadilla desde fuera del camino. Es cuestión de... coger aire, supongo.
Hay algo raro. Me siento extraño escribiendo, como si ya no fuese conmigo. Y no me gusta absolutamente nada de lo que llevo.
Están pasando cosas buenas en Madrid. Cosas que yo considero buenas y a lo mejor no lo son. Parece que ha empezado un cambio. No es un cambio grande, no flipemos tampoco, pero huele bien. Acabará mal, porque todo el mundo es corrompible, pero creo que hay que disfrutarlo mientras dure.
Esto no va a ninguna parte.
El Atleti bien, gracias. Que alguien me recuerde que recupere LQPDF. Me gustaba aquello. Más que esto. ¿Qué carajo es esto?
El otro día encontré una copia de seguridad de aquello que se llamó 'Al fondo a la derecha'. Donde vomitaba antes, vaya. Estuve tentado de resucitarlo todo y volver a aquel cálido lugar, pero la verdad es que con el calor prefiero la alcantarilla.
Aquí abajo todos flotan.
Tengo unos pimientos fritos en la cocina que me están pidiendo a gritos que me haga un bocadillo de lomo. He cambiado la cerveza por unos zumos. También estoy bebiendo gazpacho. Y no he fumado en todo el día. No, no me siento más feliz ni más completo. No entiendo muy bien de qué va nada y siento que he perdido el rumbo y que voy dando bandazos. Todo lo que había, se desmoronó. Y cuando te quitan tu pilar más importante, te tambaleas. Pero saldré, vaya que si saldré.
Un atlético nunca se rinde.
Han pasado muchas cosas desde la última vez que me puse a escribir por aquí. La mayoría de ellas feas y desagradables. Pero ¿sabéis qué? Hoy también ha salido el sol. Y espero que mañana ocurra lo mismo. Voy a empezar por apañarme con eso y luego ya veremos.
sábado, 20 de septiembre de 2014
¿Y si no soy humano?
Tanto tiempo jugando a ser rata que al final... ¿he dejado de ser humano?
He llegado a la conclusión de que vivo de una forma muy diferente a la del resto de seres humanos que conozco. Bueno, miento, realmente he llegado a la conclusión de que tengo una idea de vida que se aleja mucho de lo que esperan de mí los humanos a los que quiero y aprecio. Y, como es evidente, aquí surge la disyuntiva: ¿me dejo domesticar por ellos o podremos convivir en paz?
Si algo me resulta evidente a mis casi treinta primaveras es que, por no disutir, siempre he llegado a situaciones de falso consenso. Y digo 'falso consenso' porque al final siempre tengo la sensación de ser yo el que da su brazo a torcer para buscar la opción menos conflictiva y, precisamente por no discutir, siempre cedo y tolero todo.
Y no, resulta que no. Resulta que a diario peleo cosas que no comparto a nivel político, social, económico, laboral.... pero eso no sé transmitirlo a mi día a día. Y ahí me planteo.... ¿de verdad es tan difícil ser humano?
Estoy harto de transigir siempre -o de tener la sensación de que lo hago-, de callarme cosas por no ofender. Estoy harto de no ser yo, comido por unas inseguridades que creo que me han venido jodidamente impuestas... Estoy harto de ser en mi vida privada todo lo políticamente correcto que no soy en el resto de ámbitos. Estoy harto de ser cobarde. Estoy harto de ser humano. Estoy harto de mis miedos.
¿Y? ¿Qué hago ahora? ¿Rompo con todo? ¿Me cago en vuestra puta madre? (¡¡ME CAGO EN VUESTRA PUTA MADRE!!) ¿De qué me sirve eso? Si me callo todo lo que me callo por no ofender ni molestar a nadie.... Y tampoco soy un mártir, sólo aspiro a aprender a vivir en sociedad. Visto lo visto no se me da mal del todo, salvo por la parte en la que considero que me callo demasiado.
Me satura. Me satura mantener este rollo social tan raro que tanto critico y que, al mismo tiempo, no sé romper. Me satura darlo todo por vivir en esta mierda que no entiendo pero que no sé por qué me han impuesto y, lo que es peor, no sé por qué he aceptado. Me satura que los humanos hayáis decidido normalizar cosas que no considero normales.
Me satura que ser políticamente correcto me haga infeliz. Me satura que las cosas no sean naturales. Me satura no entender vuestro puto sistema social y moral.
Y, entonces, cuando me saturo, es cuando me pregunto si soy humano. Si el error es mío o de la sociedad.
A veces me gustaría ser normal, aunque me matase el aburrimiento. Pero es que no os aguanto, putos humanos. Odio vuestra humanidad porque implica complicarlo todo y cargarse la naturalidad.
No sé si soy infeliz porque no os entiendo o porque no me hago entender, pero la vida es para disfrutarla y eso es incompatible con imponer limitaciones.
He llegado a la conclusión de que vivo de una forma muy diferente a la del resto de seres humanos que conozco. Bueno, miento, realmente he llegado a la conclusión de que tengo una idea de vida que se aleja mucho de lo que esperan de mí los humanos a los que quiero y aprecio. Y, como es evidente, aquí surge la disyuntiva: ¿me dejo domesticar por ellos o podremos convivir en paz?
Si algo me resulta evidente a mis casi treinta primaveras es que, por no disutir, siempre he llegado a situaciones de falso consenso. Y digo 'falso consenso' porque al final siempre tengo la sensación de ser yo el que da su brazo a torcer para buscar la opción menos conflictiva y, precisamente por no discutir, siempre cedo y tolero todo.
Y no, resulta que no. Resulta que a diario peleo cosas que no comparto a nivel político, social, económico, laboral.... pero eso no sé transmitirlo a mi día a día. Y ahí me planteo.... ¿de verdad es tan difícil ser humano?
Estoy harto de transigir siempre -o de tener la sensación de que lo hago-, de callarme cosas por no ofender. Estoy harto de no ser yo, comido por unas inseguridades que creo que me han venido jodidamente impuestas... Estoy harto de ser en mi vida privada todo lo políticamente correcto que no soy en el resto de ámbitos. Estoy harto de ser cobarde. Estoy harto de ser humano. Estoy harto de mis miedos.
¿Y? ¿Qué hago ahora? ¿Rompo con todo? ¿Me cago en vuestra puta madre? (¡¡ME CAGO EN VUESTRA PUTA MADRE!!) ¿De qué me sirve eso? Si me callo todo lo que me callo por no ofender ni molestar a nadie.... Y tampoco soy un mártir, sólo aspiro a aprender a vivir en sociedad. Visto lo visto no se me da mal del todo, salvo por la parte en la que considero que me callo demasiado.
Me satura. Me satura mantener este rollo social tan raro que tanto critico y que, al mismo tiempo, no sé romper. Me satura darlo todo por vivir en esta mierda que no entiendo pero que no sé por qué me han impuesto y, lo que es peor, no sé por qué he aceptado. Me satura que los humanos hayáis decidido normalizar cosas que no considero normales.
Me satura que ser políticamente correcto me haga infeliz. Me satura que las cosas no sean naturales. Me satura no entender vuestro puto sistema social y moral.
Y, entonces, cuando me saturo, es cuando me pregunto si soy humano. Si el error es mío o de la sociedad.
A veces me gustaría ser normal, aunque me matase el aburrimiento. Pero es que no os aguanto, putos humanos. Odio vuestra humanidad porque implica complicarlo todo y cargarse la naturalidad.
No sé si soy infeliz porque no os entiendo o porque no me hago entender, pero la vida es para disfrutarla y eso es incompatible con imponer limitaciones.
sábado, 12 de julio de 2014
Desubicado.
Hace tiempo que no me encuentro y esto no viene de ahora, pero supongo que será por la distancia por lo que me siento ahora -lejos de esas personas a las que siempre me ha gustado tener cerca- más desubicado y más perdido que nunca. Me he dado cuenta de que he soltado el timón y voy dando bandazos hacia no sé muy bien dónde. La hostia cuando llegue va a ser cojonuda, eso sí.
Y no puedo negar que me guta esto, ¿eh? Esta profesión me flipa, la verdad. me encanta y me da unos subidones de adrenalina que molan mucho. Cuando me los da. Cuando no.... Y no lo entiendo, porque antes me los daba siempre, cualquier gilipollez relacionada con esto me parecía la hostia y de pronto me siento perdido, me quedo en blanco, me siento novato en un mundo en el que antes, no mucho antes, pilotaba mucho y bien. Y el caso es que por más que echo la vista atrás no encuentro el momento en el que se me debió joder algo y perdí el rumbo. No encuentro ese momento que ahora parece un punto de no retorno. Y me jode, porque necesito recuperar el entusiasmo. Necesito que esto vuelva a gustarme y recuperar la ilusión, la energía y las ganas. Las ganas y la energía, sobre todo la energía.
Y necesito perder la vergüenza, que parece que en algún momento se me vino toda encima de golpe y me convertí en este ser absurdo y timorato que parece una burda caricatura de lo que era hace cinco o seis años.
Que no me encuentro, que estoy desubicado. Que siempre he dicho que escribía en este blog porque era más barato que ir al psicólogo, pero como siga esta deriva me parece que me voy a tener que replantear eso antes de que pierda el control del todo.
Y no puedo negar que me guta esto, ¿eh? Esta profesión me flipa, la verdad. me encanta y me da unos subidones de adrenalina que molan mucho. Cuando me los da. Cuando no.... Y no lo entiendo, porque antes me los daba siempre, cualquier gilipollez relacionada con esto me parecía la hostia y de pronto me siento perdido, me quedo en blanco, me siento novato en un mundo en el que antes, no mucho antes, pilotaba mucho y bien. Y el caso es que por más que echo la vista atrás no encuentro el momento en el que se me debió joder algo y perdí el rumbo. No encuentro ese momento que ahora parece un punto de no retorno. Y me jode, porque necesito recuperar el entusiasmo. Necesito que esto vuelva a gustarme y recuperar la ilusión, la energía y las ganas. Las ganas y la energía, sobre todo la energía.
Y necesito perder la vergüenza, que parece que en algún momento se me vino toda encima de golpe y me convertí en este ser absurdo y timorato que parece una burda caricatura de lo que era hace cinco o seis años.
Que no me encuentro, que estoy desubicado. Que siempre he dicho que escribía en este blog porque era más barato que ir al psicólogo, pero como siga esta deriva me parece que me voy a tener que replantear eso antes de que pierda el control del todo.
lunes, 2 de junio de 2014
Pero estás tú.
Todo va mal, la verdad.
Qué coño, no nos engañemos, todo va francamente mal.
Pero estás tú. Apareces tú.
Aparecen tus abrazos y aparece tu sonrisa -tú, sonrisa- y todo, de pronto, es de colores.
Apareces tú para sostener mis lágrimas entre tus manos y, sin quererlo, existe el futuro.
Se me aparece el futuro.
A mí.
A mí. A mí se me aparece el futuro. Yo que soy muy del God Save the Queen de los Pistols. A mí se me aparece el futuro en tu sonrisa y en tus abrazos.
A mí que se me viene todo abajo. TODO. Todo. Pero estás tú.
Y te quiero. Qué coño... Te quiero mucho.
Me da miedo querer. Pero es que eres tú.
Y me da miedo querer.
Pero eres tú. Y te quiero.
Qué coño, no nos engañemos, todo va francamente mal.
Pero estás tú. Apareces tú.
Aparecen tus abrazos y aparece tu sonrisa -tú, sonrisa- y todo, de pronto, es de colores.
Apareces tú para sostener mis lágrimas entre tus manos y, sin quererlo, existe el futuro.
Se me aparece el futuro.
A mí.
A mí. A mí se me aparece el futuro. Yo que soy muy del God Save the Queen de los Pistols. A mí se me aparece el futuro en tu sonrisa y en tus abrazos.
A mí que se me viene todo abajo. TODO. Todo. Pero estás tú.
Y te quiero. Qué coño... Te quiero mucho.
Me da miedo querer. Pero es que eres tú.
Y me da miedo querer.
Pero eres tú. Y te quiero.
El primer lunes.
Una de las cosas que más repetía mi abuela antes de que el maldito alzheimer la dejase sin recuerdos era que ella nunca, bajo ningún concepto, quería terminar en una residencia. Hoy pasará su primera noche en una.
Es el primer lunes que vivo con mis recién cumplidos veintinueve años y no recuerdo haber pasado por ninguno tan difícil en todo el tiempo anterior. Y no entiendo nada.
El alzheimer es una enfermedad horrible, no tanto para la persona que lo sufre -que, básicamente, no se entera de nada- como para los familiares más cercanos. Mi abuela ha llegado ya a ese punto en el que no nos conoce a ninguno, ni reconoce su casa, ni siquiera reconoce su propia historia, a ella misma. En cuestión de tres años la enfermedad ha cogido carrerilla y de pronto lo que eran ligeros despistes se ha convertido en un borrado total de su memoria, de su vitalidad y de su alegría. Vive en un estado continuo de miedo -a las ventanas abiertas, a los aparatos enchufados, a la calle, a su casa...- y desorientación en el tiempo y en el espacio. Vive en una realidad paralela compuesta de retales de unas telas que nunca fueron suyas, mal cosidos con hilos frágiles que se rompen siempre y que chocan frontalmente con todo lo que es, ciertamente, real. Hace mucho tiempo que la echo de menos, pero ahora más.
Lo peor de haberla ingresado es la mezcla entre el sentimiento de culpa y la sensación de que esto es lo mejor para ella y para nosotros. Está claro que ha llegado a un punto en el que necesita que alguien que sepa tratarla esté continuamente pendiente de ella, que nos estaba agotando a todos los de su alrededor física y mentalmente y que, sobre todo, estaba acabando con la vida de mi abuelo. Sin embargo, hoy ha sido la segunda vez en mi vida que he visto llorar a ese tótem familiar gigante que él representa. Y no una vez ni dos precisamente.
Tengo la sensación de que en una familia tan alegre como la mía hoy nos hemos marchitado todos un poco. Desde este lunes todo es un poco más gris, del mismo color gris que tiene la mirada de mi abuela cuando hace esfuerzos por saber de qué coño le suenan nuestras caras.
No estás ni a quince minutos andando de tu casa, no hace ni doce horas que te hemos llevado a la residencia, pero ya te echamos de menos yaya. Espero que disfrutes de tu nueva vida.
Te queremos mucho.
Es el primer lunes que vivo con mis recién cumplidos veintinueve años y no recuerdo haber pasado por ninguno tan difícil en todo el tiempo anterior. Y no entiendo nada.
El alzheimer es una enfermedad horrible, no tanto para la persona que lo sufre -que, básicamente, no se entera de nada- como para los familiares más cercanos. Mi abuela ha llegado ya a ese punto en el que no nos conoce a ninguno, ni reconoce su casa, ni siquiera reconoce su propia historia, a ella misma. En cuestión de tres años la enfermedad ha cogido carrerilla y de pronto lo que eran ligeros despistes se ha convertido en un borrado total de su memoria, de su vitalidad y de su alegría. Vive en un estado continuo de miedo -a las ventanas abiertas, a los aparatos enchufados, a la calle, a su casa...- y desorientación en el tiempo y en el espacio. Vive en una realidad paralela compuesta de retales de unas telas que nunca fueron suyas, mal cosidos con hilos frágiles que se rompen siempre y que chocan frontalmente con todo lo que es, ciertamente, real. Hace mucho tiempo que la echo de menos, pero ahora más.
Lo peor de haberla ingresado es la mezcla entre el sentimiento de culpa y la sensación de que esto es lo mejor para ella y para nosotros. Está claro que ha llegado a un punto en el que necesita que alguien que sepa tratarla esté continuamente pendiente de ella, que nos estaba agotando a todos los de su alrededor física y mentalmente y que, sobre todo, estaba acabando con la vida de mi abuelo. Sin embargo, hoy ha sido la segunda vez en mi vida que he visto llorar a ese tótem familiar gigante que él representa. Y no una vez ni dos precisamente.
Tengo la sensación de que en una familia tan alegre como la mía hoy nos hemos marchitado todos un poco. Desde este lunes todo es un poco más gris, del mismo color gris que tiene la mirada de mi abuela cuando hace esfuerzos por saber de qué coño le suenan nuestras caras.
No estás ni a quince minutos andando de tu casa, no hace ni doce horas que te hemos llevado a la residencia, pero ya te echamos de menos yaya. Espero que disfrutes de tu nueva vida.
Te queremos mucho.
sábado, 12 de abril de 2014
Pasan cosas. A veces.
A veces pasan cosas que no deberían haber pasado nunca y a veces no dejas que las cosas pasen y me arrepiento.
A veces pienso en los trenes que se me han ido por idiota y en los que yo mismo he empujado para que se fuesen de una puta vez.
A veces, incluso, aparece gente para reprocharme que no me subiese a trenes para los que nunca supe que tenía un billete. A veces rizamos el rizo con la gente que me acusa de bajarme de trenes de los que me empujaron en marcha.
A veces hay gente que me culpa de haber perdido sus propios trenes como si yo hubiese tenido algo que ver, o incluso personas que me dicen que yo las obligué a bajarse del mío como si yo hubiese estado alguna vez a los mandos de algo.
A veces hay tardes tontas como esta en las que entre fiebre y mocos pienso en trenes y me doy cuenta de que no sé hacia dónde se dirige este tren, pero la verdad es que estoy muy bien aquí subido. Veremos.
A veces pasan trenes y pasan cosas y todas las cosas pasan por algo. Por imbécil, por ejemplo.
A veces pienso en los trenes que se me han ido por idiota y en los que yo mismo he empujado para que se fuesen de una puta vez.
A veces, incluso, aparece gente para reprocharme que no me subiese a trenes para los que nunca supe que tenía un billete. A veces rizamos el rizo con la gente que me acusa de bajarme de trenes de los que me empujaron en marcha.
A veces hay gente que me culpa de haber perdido sus propios trenes como si yo hubiese tenido algo que ver, o incluso personas que me dicen que yo las obligué a bajarse del mío como si yo hubiese estado alguna vez a los mandos de algo.
A veces hay tardes tontas como esta en las que entre fiebre y mocos pienso en trenes y me doy cuenta de que no sé hacia dónde se dirige este tren, pero la verdad es que estoy muy bien aquí subido. Veremos.
A veces pasan trenes y pasan cosas y todas las cosas pasan por algo. Por imbécil, por ejemplo.
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