sábado, 22 de enero de 2011

viernes, 21 de enero de 2011

20 de Abril - Celtas Cortos


20 de abril del 90.
Hola chata, ¿cómo estás?
¿Te sorprende que te escriba?
Tanto tiempo... es normal.

Pues es que estaba aquí solo,
me había puesto a recordar,
me entro la melancolía
y te tenia que hablar.

¿Recuerdas aquella noche
en la cabaña del Turmo?
Las risas que nos hacíamos
antes todos juntos...
Hoy no queda casi nadie de los de antes
y los que hay han cambiado,
han cambiado... sí.

Pero bueno, ¿tú qué tal? Di.
¡Lo mismo hasta tienes críos!
¿Qué tal te va con el tío ese?
Espero sea divertido.

Yo, la verdad, como siempre.
Sigo currando en lo mismo,
la música no me cansa,
pero me encuentro vacío.

¿Recuerdas aquella noche
en la cabaña del Turmo?
Las risas que nos hacíamos
antes todos juntos...
Hoy no queda casi nadie de los de antes
y los que hay han cambiado,
han cambiado... sí.

Bueno, pues ya me despido.
Si te mola me contestas.
Espero que mis palabras
desordenen tu conciencia.

Pues nada chica, lo dicho,
hasta pronto si nos vemos.
Yo sigo con mis canciones
y tu sigue con tus sueños.

¿Recuerdas aquella noche
en la cabaña del Turmo?
Las risas que nos hacíamos
antes todos juntos...
Hoy no queda casi nadie de los de antes
y los que hay han cambiado,
han cambiado... sí.

Celtas Cortos

Creo que a lo largo de mi vida he debido escribir mil o dos mil cartas parecidas a esta que se han quedado encerradas en un cajón. Más de la mitad iban dirigidas a la misma persona. Nunca le llegaron porque nunca se las envié.

Pasa el tiempo.

Hace muchos años, cuando yo aún era un ratoncillo -lo cierto es que no hace tantos... pero entonces tenía bastante más pelo que ahora- me plantee ese dilema que a todos los hijos del proletariado nos llega más tarde o más temprano: ¿estudio o trabajo? Por aquel entonces andaba yo compaginando un trabajo temporal con el Bachillerato y la primera reacción fue la siguiente: "pierdo más tiempo estudiando que trabajando y lo primero no me lo pagan". Afortunadamente -repito: AFORTUNADAMENTE- entre mamá rata y mi tutor de la época me hicieron cambiar de idea.
Total: que la cosa siguió su curso normal. Llegué a la universidad, empecé una carrera y seguí compaginando estudiar y trabajar. ¡Y de pronto se obró el milagro! ¡Me hicieron indefinido! ¡INDEFINIDO! El pollón bendito, vaya. Un trabajo estable y la vida resuelta... ¡a mis veinte años! ¿Y en serio había gente preocupada? ¡No era tan difícil! Pero... vaya. Las necesidades. Existen las necesidades. Y total, yo por aquel entonces tenía una novia que era un auténtico PIBÓN y, oye, entre salir de currar para meterme en la facultad y salir de currar para estar con ella... Joder, la elección era demasiado evidente. Y al final dejé la carrera influenciado por esto y por otros mil o dos mil motivos -por ejemplo, que estudiar Historia no me estaba llenando todo lo que yo esperaba- y me metí de lleno en mi mundo laboral de libros, libros, libros y libros.
Menos de un año después estaba dejando ese trabajo con tal quemazón y tal indignación y tal sensación de estar siendo humillado que mi novia -la PIBÓN que he mencionado antes- se estaba comiendo el marrón de verme mal sin que yo quisiera confesar cual era el motivo de mi cabreo por pura vergüenza: haber tomado la decisión equivocada.
Ahora, a mis veintitantos, con mi edad y mi experiencia, me encuentro con que mi primo el pequeño ratoncillo -que no es tan pequeño porque ya se puede peinar los pelos de los huevos- quiere dejar el bachillerato y ponerse a currar. Y, sinceramente, después de intentar hablar con él y ver que no atiende a razones, a mí me dan ganas de darle las dos hostias más -y menos- pedagógicas de su vida.
Él me intenta poner como ejemplo, pero no está currando, está estudiando. Quiero decir... no va a dejar de estudiar para hacer otra cosa, va a dejar de estudiar para poder tocarse los cojones en su casa y culpar de todo a la crisis, al sistema o a la excusa que mejor le venga. Es más: a su edad yo ya había currado lo mío -de mozo, de camarero, de vendedor y de reponedor- y él no sabe ni lo que es... Y ahí está, tirando la toalla. Ya. Así de pronto.
Cuando veo estas cosas y me doy cuenta de que mi nula capacidad pedagógica se traduce en "te daba dos hostias que bien espabilabas" me dan ganas de irme a una clínica a esterilizarme. Y el resto de la reflexión me la guardo para mí y para mis consultas con la almohada.
Madre mía las generaciones que se nos vienen encima... ¡¿Y son los que tienen que pagar mi pensión?!
Que ganas de llorar...

miércoles, 19 de enero de 2011

Escaleras.


- ¿A dónde van estas escaleras?
- Van... hacia arriba.

Raymond Stantz (Dan Aykroyd) y Peter Venkman (Bill Murray). Ghostbusters.

martes, 18 de enero de 2011

No todo va a ser follar - Javier Krahe


También habrá que saltar a la pata coja,
y habrá que coleccionar sellos de Nigeria,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá también que apretar una tuerca floja
y habrá que ir a trabajar,
no todo va a ser follar,
por una miseria.

Y habrá también que llevar a arreglar el coche
y habrá que quitarle el polvo a la biblioteca,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que cerrar el bar al morir la noche
y habrá también que pagar,
no todo va a ser follar,
lo de la hipoteca.

No todo va a ser follar,
ya follé el año pasado
a la orillita del mar
con una mujer sin par
que después me dio de lado,
lo recuerdo, algo tocado
pero sin dramatizar,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar.

También habrá que llamar a la pobre Alicia,
y habrá que modificar la ronda nocturna,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que desmenuzar la última noticia
y habrá que depositar,
no todo va a ser follar,
el voto en la urna.

Y habrá también que comprarse unos calcetines,
también habrá que regar esos cuatro tiestos,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que documentarse sobre los delfines
y habrá también que firmar,
no todo va a ser follar,
muchos manifiestos.

No todo va a ser follar,
ya follé el año pasado
a la orillita del mar
con una mujer sin par
que después me dio de lado,
lo recuerdo, trastornado
pero sin exagerar,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar.

También habrá que invitar a una barbacoa,
y habrá también que acercarse hasta el quinto pino,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que intentar cruzar Núñez de Balboa
y habrá que ir a consultar,
no todo va a ser follar,
a un buen otorrino.

También habrá que admirar a la mona Chita,
y habrá también que jugar a pares o nones,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar,
y habrá que resucitar por la mañanita
y habrá también que cantar,
no todo va a ser follar,
muchas más canciones.

No todo va a ser follar,
ya follé el año pasado
a la orillita del mar
con una mujer sin par
que después me dio de lado,
lo recuerdo, obsesionado
pero sin llorar,
no todo va a ser follar,
no todo va a ser follar.

Javier Krahe

Lo recuerdo obsesionado, pero sin llorar...

lunes, 17 de enero de 2011

Luces y sombras (mi abuelo, ese crack).

La sombra del cáncer es alargada, y en mi familia y alrededores ya se ha llevado con la guadaña a unos cuantos antes de tiempo. Por eso este verano, cuando planeó dicha oscuridad sobre la figura de mi abuelo todos en general nos cagamos un poco bastante de miedo. Al final la cosa no fue a mayores y las pruebas aquéllas que supusieron un incómodo y precipitado viaje a Madrid descartaron por completo cualquier posibilidad de tumor por el momento, pero enganacharon a mi abuelo en una espiral de visitas a distintos médicos que continúa a día de hoy. Esta mañana, sin ir más lejos, hemos estado de pruebas y me ha tocado a mí acompañarle.
Mi abuelo siempre ha sido muy buena gente y muy luchador (supongo que eso de tirar siempre pa'lante se lo inculcó él a mi vieja y ella a mí... y él lo aprendió de su padre y... bueno, pues eso, que siempre jodidos y siempre luchando), pero no tenía un carácter precisamente afable. Ha tenido siempre muy mal pronto y le cuesta pronunciar la palabra 'perdón', y cuando la dice, no sé cómo se las apaña pero aún así consigue quedar él siempre por encima. Si a esto le sumamos que gran parte de la carga que supone el alzheimer de mi abuela la está llevando él, se puede entender perfectamente esa especie de depresión constante que venía arrastrando desde que terminaron sus vacaciones y volvieron a instalarse en Madrid para pasar el invierno. Cómo no sería la cosa que yo dejé automáticamente de pernoctar en su alcantarilla los fines de semana pese a que me suponía ganar hora y media de sueño antes de irme al curro. Gritos, paciencia en cotas negativas y mal humor constante... Hasta que le recetaron Lexatín.
Aquí donde me veis no soy precisamente muy amigo de este tipo de fármacos (yo le habría recetado marihuana, que estimula la risa cosa mala y quita las penas que da gusto) pero le ha sentado de reputísima madre. Yo, inocente de mí, pensaba que el Lexatín le iba a tener todo el día amuermado y blando, y resulta que está igual de activo que siempre y con un buen humor que yo no recuerdo haberle conocido. Es más, la visita de hoy al hospital ha sido un sin fin de risas, de chistes, de muy diversas bromas sobre mear y meadas, de anécdotas graciosas y divertidas de cuando vivía en el pueblo y de cuando acababa de llegar a Madrid... Un descojone, en serio. Un descojone total y absoluto, incluso, sobre temas que hasta hace bien poquito eran perfectos y enterradísimos tabúes para él y que hoy han fluido con una naturlidad que hasta bien poco era inimaginable para mí. Y, sinceramente, nunca me había reído tantísimo con él -y supongo que él tampoco conmigo- en los más de veinticinco años que hace nos conocemos. Y mientras que por un lado me da muchísima pena que estemos disfrutando de verdad el uno del otro ahora que él sabe que sus días empiezan a acabarse mientras los míos no han hecho más que empezar, por el otro me alegro un montonazo de que tengamos tantos días así de ponernos a hacer el idiota y reírnos de todo -empezando por nosotros mismos- aunque tenga que ser a fuerza de visitas al hospital.
Cuando yo era muy pequeño a él le acababan de operar de la espalda y me daba mucha rabia que nunca pudiese sentarse a jugar conmigo. Ahora lo único que no podemos hacer juntos es ver un partido del Atleti -sí, qué pasa, a las ratas también nos gusta el fútbol- porque no soporta que yo le grite a la tele mientras él sufre en silencio. Para todo lo demás, mi abuelo es un puto crack. Y que siga así por muchos años.

viernes, 14 de enero de 2011

Las tardes de ensayo.

Normalemtne no me preocupa en absoluto mi aspecto. Soy muy de darme una ducha rápida y ponerme lo primero que encuentre en el armario antes de salir de la alcantarilla. Sin más. Sin menos. Da igual que el plan sea irse a tomar unas cañas, bajarse al parque a echar unos litros o quedar con la típica rata buenorra; la rutina siempre es la misma: ducha, dientes y ropa al azar.
No obstante, de un tiempo a esta parte hay un día concreto que esta rutina se rompe: los días que toca ensayar. Por alguna razón que no acierto a comprender, ensayar se ha convertido en la excusa para ponerme mis mejores galas, afeitarme, llevar el pelo bien cortado o limpiarme las botas. Ensayar me mantiene con vida y me da muchísimas ganas de seguir adelante. Pase lo que pase, bueno o malo, el esayo es inevitable, inexcusable y, sobre todo, imprescindible.
Las tardes de ensayo son especiales. Son tardes sin siesta, en las que termino de comerme mi queso y ya estoy hiperactivo, imprimiendo las letras nuevas, repasando las grabaciones de otros días, llamando al resto de la banda para concretar hora y sitio, limando detalles, retocando canciones... Son tardes de no parar, de ducharse en el último momento y de emperifollarse mucho. Son tardes en las que el ensayo es lo único en el mundo y no hay nada más importante. Son las tardes de ensayo.
Dicho esto, me voy para el local. Si todo va bien el próximo 26 de Febrero estaremos debutando sobre un escenario.